Infopaci y su postura frente al proyecto Municipal de sanciones a menores y sus padres.

Infopaci y su postura frente al proyecto Municipal de sanciones a menores y sus padres.

by June 24, 2008 0 comments

Violencia Social

Si bien aún no ingresó al Concejo Deliberante el proyecto municipal que contempla sanciones a menores y sus padres que transgredan el Código de Faltas, tal cuál lo había anunciado el Fiscal de Estado Municipal Domingo Carbonetti, ya comenzaron a escucharse distintas voces en nuestra sociedad.

La semana pasa en exclusiva, Diario Marca presentaba el ante proyecto que Carbonetti puso en consideración de los padres Autoconvocados.

Una de las primeras posturas con respecto a la iniciativa, es de una institución “calificada” para dar su opinión, Infopaci, con respecto a la cantidad de actividades realizadas con jóvenes y para jóvenes y niños.

Textual, reproducimos la postura de la entidad, mientras se escuchan distintas voces, pero lo cierto es que el proyecto aún no ingresó al Concejo Deliberante.

Armados hasta los dientes

en el nombre de la paz

La exigencia de que Auschwitz no se repita es la primera de todas (las funciones) que hay que plantear a la educación. Precede tan absolutamente a cualquier otra que no creo deber ni tener que fundamentarla… Ante la monstruosidad de lo ocurrido, fundamentarla tendría algo de monstruoso.

Theodor Adorno

(Por Ariel Torti) “La validez de la cita de Adorno permanece intacta medio siglo más tarde. Sin embargo, la persistencia de la violencia y la discriminación en diferentes sociedades y geografías hace que -al contrario de lo que suponía Adorno- no esté de más fundamentar el papel irrenunciable de la educación para transmitir los valores de la paz, el respeto, la convivencia. Lo monstruoso en este contexto sería la pasividad y la indiferencia frente al odio, la discriminación y la violencia”.

Con este párrafo y la previa cita del filósofo alemán, comenzó el por entonces Ministro de Educación Daniel Filmus su ponencia en el Coloquio Internacional “El Rol de la Sociedad Civil en la inclusión social y los Objetivos del Milenio”, desarrollado en octubre de 2006 en la Universidad de Buenos Aires con la organización del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

Las decenas de países que dialogan a través de sus gobiernos desde el marco de la Organización de Naciones Unidas en ámbitos académicos y civiles, han decidido poner en agenda términos que sugieren mucho: “inclusión” y “social”. En el 2000 y en el contexto de la Cumbre del Milenio surgieron de la mano de los 189 estados miembros los denominados “objetivos del milenio”. Son, en esencia, 8 grandes metas o hitos a cumplir antes del 2015, de los cuales 5 tienen impacto directo en niñez y juventud (Erradicar la pobreza extrema y el hambre, Lograr la enseñanza primaria universal, Reducir la mortalidad infantil, Mejorar la salud materna, Combatir el VIH/SIDA, el paludismo y otras enfermedades). Definitivamente, la inclusión social está en agenda. Claro que de la agenda a la realidad hay, además de un trecho, un tema por instalar: volver a poner al tope de las prioridades (genuinas) las cuestiones vinculadas al empobrecimiento de muchos sectores de nuestras comunidades.

Lamentablemente corren tiempos en donde necesitamos recuperar lo obvio. Y así volver a pensarnos y sentirnos cristianos, o socialistas, o justicialistas, o humanistas o simplemente solidarios para traer al consciente el espanto diario que genera el sistema en nuestro Bell Ville: pibes consumiendo drogas en barrios o niños que dejaron la Escuela (por citar sólo un par de salidas a las que “invita” el estar inmersos en contextos de pobreza). Hay, según datos de la Dirección de Acción Social de nuestra Municipalidad, 500 chicos que no están yendo a la Escuela. Escandaloso. ¿Escandaloso?

¿Cuál será el mecanismo que se activa en nuestras condiciones humanas de hombres y mujeres del siglo XXI que nos anula nuestra capacidad de indignarnos, rebelarnos y accionar en busca de soluciones ante semejante dato? ¿Por qué será que este demoledor fundamento no moviliza nuestros principios y nuestra ancestral cualidad de afectividad y emocionalidad? ¿Por qué puta no nos conmueve esto? ¿Por qué no sentimos que esto es una literal metida de mano dentro de nuestra dignidad como sociedad? ¿Por qué no salimos a ejecutar prolijos cronogramas de cortes de calles para reclamar, desde la indignación y el amor, que esto nos avergüenza como bellvillenses?

Recuperar lo obvio es en principio y entre otras cosas reconocer públicamente que estos datos nos descomponen y nos perturban, que nos quitan el sueño, que nos aturden. Recuperar lo obvio es, quizá en un segundo momento, la posibilidad de movilizarnos para que “inclusión” y “social” dejen de ser discurso berreta, letra muerta, retórica perversa, para así accionar con políticas públicas, presupuestos oficiales y capacidad de gestión y control en tal sentido.

Recuperar lo obvio implica repensar nuestra humanidad: como espiritualidad, como marco ideológico, como cotidianeidad. Porque de esos 500 pibes a los cuales el “sistema educativo” no supo, no pudo o no quiso contener Ud. y yo conocemos, quizás, a más de uno. Pueden llamarse Juan, Brenda, Luciano o Brian. Tienen menos de 18 años, por lo tanto son niños. Niños sin niñez, porque no tienen guardapolvo que los incluya y les dé sentido de pertenencia a ese proyecto maravilloso: la escuela pública. Han dejado de sentarse en lo que fueran sus bancos, a codearse con el de al lado, ya no salen despavoridos cuando el timbre ofrece la oportunidad de correr al patio. “Simplemente” dejaron de ir, y desde ese momento se convirtieron en estadística. La mayoría de sus familias están desbordadas ante semejante situación, muchas mamás tienen plena conciencia de “la deuda” familiar que empiezan a tener para con sus hijos y de seguro el 100% de sus papás saben que sin educación “no se es nadie”.

A esta altura del escrito, es sencillo advertir que recuperar lo obvio tiene, como dice Adorno, mucho de monstruoso. Releo estas líneas hasta aquí, y me espanto. Me odio en esta búsqueda literaria que intenta encontrar la palabra justa, la frase redonda que pueda gritar a los cuatro vientos que 500 chicos fuera de la escuela es un crimen. Como lo es el hambre, y la salud en cuenta gotas y con turnos a la cinco de la mañana. Urge hablar de las seguridades básicas que perdieron vastos sectores de nuestra comunidad. Es impostergable por razones humanitarias y por cuestiones constitucionales. Cuando referencia temas de infancia, nuestra Carta Orgánica Municipal se inspira en la Convención de los Derechos del Niño, que fue incluida en nuestra Constitución Nacional en la reforma de 1994; y la nueva Ley Nacional de Protección Integral de los Derechos de la Infancia (26.061) ofrece un marco normativo que fortalece la perspectiva de derecho en el abordaje de la niñez por parte del Estado. Estamos festejando 60 años de la Declaración internacional de los Derechos Humanos y 25 años de Democracia (con juicio a Menéndez incluido). Hay un marco fantástico para pintar otra historia, para avanzar en otros sentidos revolucionariamente inclusivos, pero da la sensación de que no estamos -o no queremos estar- a la altura de la circunstancia.

Elemental es también entender que con la norma y la mejor legislación, tampoco alcanza, que es necesario construir otro paradigma ardientemente enamorado de la idea de derecho. Varios grados de giro necesita el debilitado y tambaleante -pero aun reinante- paradigma que asocia instantáneamente la inseguridad a la falta de control. Porque las lógicas de control siguen apareciendo cuando se pierde la confianza. El automovilista desconfía del pibe limpiavidrios, el docente del alumno, el padre del hijo, el ciudadano del político, el cliente del Banco, el consumidor del producto, el creyente del cura, el docente del director, la mujer de su marido y la sociedad de los niños y jóvenes. Entonces necesitamos controlar, y penar… y juntar a la policía y a la justicia para que diseñen estrategias de control de grescas callejeras entre pibes. Un delirio que olvida que el modelo, que expulsa a 500 chicos de la escuela es obscenamente injusto y provocadoramente alentador de la idea de que en la vida hay unos que ganan y otros que pierden. ¿Te tocó perder, pibe? Es tu culpa. Y el Estado calla, y la sociedad legitima. Es ahí donde el paradigma que se caga en la inclusión pero dedica horas al control, renace de la mano de adultos que lo saben todo. Y ahí, la sociedad adultocéntrica hace de las suyas. En lo adultocéntrico subyacen a grandes rasgos lógicas patriarcales, racistas, homofóbicas, autoritarias, de pensamiento único; lógicas que siempre ubican al adulto por encima de los niños y jóvenes.

Esta matriz fundamenta -consciente o inconscientemente- nuestras miradas, nuestras relaciones, nuestras prácticas como mayores. Recordemos una de las máximas en este sentido: “Los jóvenes son el futuro”, o sea: no sos ahora (no te reconozco como legitimo otro). La negación en el “hoy” es sinónimo de “no existís”. ¿Cómo pueden pensarse a futuro y desarrollarse, si nuestro ser cultural no los registra? ¿Cuándo diablos los jóvenes serán presente? Con esta lógica muchas veces ejercemos la docencia, la política partidaria, organizamos actividades solidarias o construimos ordenanzas municipales que en teoría van en línea con resolver problemáticas juveniles. Pura perversión: digo que son prioridad, después no los escucho. Esto va de la mano con el discurso político cultural dominante que estigmatiza a los niños y jóvenes. Nos relacionamos con las imágenes que se construyen de ellos y no con sujetos concretos. Así se deshumanizan los vínculos, y se construyen representaciones alejadas de la realidad que ellos viven.

Por eso queremos decir que es inconcebible la ordenanza remitida por el Ejecutivo, que por estos días tiene en consideración el grupo de Padres Autoconvocados. Más allá de lo que suponemos es su imposible aplicación y control (si bien esto es lo de menos, la aplicación y control de normas por parte del Estado es un tema crítico), la citada ordenanza intenta consolidar un modelo autoritario y separatista. Y discriminatorio. Y ajustado a un sector social (el mío): las clases medias acomodadas. Encima estamos convencidos que el origen de la violencia juvenil emana de las clases populares. A ver si alguna vez escuchó esta frase: “Y qué querés, son negros”. Después, por suerte, algunos símbolos o ritos nos salvan de semejante inhumanidad.

La ordenanza habla de que los menores que cometan faltas serán pasibles de medidas correctivas como cursos educativos, tratamientos terapéuticos, trabajo comunitario y prohibición de concurrencia a lugares de acceso público. Y los padres, tutores o guardadores deberán abonar ante reincidencias multas de hasta $ 5.000 o podrán ir presos hasta 30 días.

Yo me pregunto:

1. ¿Usted cree que la posible futura normativa será aplicada a los hijos de la clase media acomodada con vínculos y poder? ¿Imagina al hijo de algún profesional o adinerado del medio haciendo un “curso educativo correctivo” sugerido por el Estado? Además, ¿desde cuándo las conductas y hábitos cambian con un curso?

2) ¿Los imagina haciendo “trabajo comunitario”? ¿Los imagina, por ejemplo, desmalezando plazas o pintando la sala de un Dispensario? ¿Qué dirá sobre esto la Comisión Nacional de Erradicación del Trabajo Infantil?

3) Haga el esfuerzo: ¿los puede imaginar no yendo a Rockas porque papá Estado dijo “ahí no vas, estás penado”? Hipocresía pura. No me diga que no está conjeturando que muchos papás (esos que meten recursos de amparo porque la docente le puso límites al nene) ya están buscando en guía el número de Rossini para que les abra, aunque sea, la puerta de atrás del boliche a su castigado hijo.

4) La última, implica esfuerzo extra: ¿Puede nombrarme de corrido y sin tartamudear a 10 papás de la clase media acomodada que usted imagina tras las rejas o depositando 5.000 mangos en una cuenta del Estado Municipal por ser sus hijos reincidentes?

Vale la pena leer el proyecto de ordenanza para terminar de admitir que la lucha por ese otro mundo posible, por ese hombre nuevo del que tanto hablaron muchos, o por la llamada justicia social o por la radicalización del cambio o por la trillada “redistribución” de la riqueza (que no sólo son 9 puntos sobre la soja) está lejos de lo que somos hoy. Estamos lejísimos, y encima con otro libreto. No hace falta ser Mahatma Gandhi para saber que nunca en la historia la violencia se resolvió con más violencia. El líder pacifista lo supo resumir en esta idea: “la violencia es el miedo a los ideales de los demás”.

Le propongo otro enfoque: a 200 Km. de Bell Ville, precisamente en Rosario, el Estado propuso hace ya tiempo el Programa “CeroVeinticinco” que en sus principios declara “tesoro entrañable de la ciudad” a quienes tienen entre 0 y 25 años. Desde lo simbólico y desde sus respectivos programas de trabajo consolida el paradigma que ubica a la niñez y a la juventud como prioridad. Emociona, ¿no? El CeroVeinticinco es un programa social municipal totalmente gratuito que busca ayudar a crecer y aumentar las oportunidades de acceso a los bienes culturales de los pibes. Acceder a los bienes culturales es poder sentirse como niño incluido en algo, y es ahí en donde el programa ofrece cientos de posibilidades: talleres de hip hop, cerámica, espacios de teatro, murgas, grupos literarios… cine, acrobacia, historietas, rock. La oferta la proponen y deciden los jóvenes; el adulto diseña programas y gestiona presupuestos oficiales. También el programa garantiza el acceso a espacios públicos y privados -donde haya expresiones culturales- por parte de este grupo etario. Son espacios de desarrollo, de encuentro, de convivencia. Eso son, ni más ni menos.

Nosotros seguimos pensando en penas, sanciones, controles; en espacios de escarmiento. Y seguimos creyendo que un handy que acelere el contacto entre un guardia de un boliche y la CAP va a resolver la historia. Y si no la resuelve: trabajo comunitario.

Mientras, de esa otra política que ansiamos muchos, ni noticia. Seguimos sin Consejo de la Juventud, no hay dinámicas de presupuesto participativo joven, no existen direcciones o reparticiones puntuales para trazar y desarrollar políticas juveniles, la Dirección de Educación y Cultura no especifica programas para jóvenes, dentro del presupuesto oficial general no se individualizan rubros para niñez y juventud, etc.

La democracia no puede ser un juego de poder, sino de colaboraciones. Sobre todo si hablamos de niñez y juventud. Lo digamos una y mil veces: no son prioridad. Ni lo fueron nunca, salvo cuando hubo desmanes nocturnos. Y ahí, justo ahí, no se nos ocurre otra cosa que, como dice Serrat: “armarnos hasta los dientes en el nombre de la paz”.

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