El miedo a validar.

El miedo a validar.

by March 9, 2010 0 comments

Por Ariel Torti*

Desde hace tiempo me atraen las personas que preguntan. Suelen estar movilizadas por un genuino interés por conocer, y en general, reina en ellos una calma especial, cuestión que los ubica en una admirable actitud de permanente empatía. Muchas personas en lugar de hablar, esbozar explicaciones o funcionar monologalmente, prefieren preguntar. Y escuchar, claro. Y no sólo eso, desde esa amigable forma de relacionamiento, el otro, ese otro que responde, es verdaderamente escuchado.

En general vivimos relaciones en donde las preguntas son escasas, precarias y falsamente interesadas en lo que traen consigo: la visión ajena. Como suele decirse, muchas veces preguntamos respuestas, no preguntas. Cuando uno pregunta de verdad, de arranque valoriza al otro. Y le da poder. Si preguntamos y escuchamos con apertura, estamos valorando a nuestro interlocutor y por lo tanto dándole poder, cuestión en la que subyace -entre otras cosas- la posibilidad de que su pensamiento termine modificando el nuestro.
Notable es esto en los niños. Mientras la capacidad de razonar crece y el lenguaje les ofrece posibilidades de hacer explícitas sus inquietudes, aumentan exponencialmente la cantidad cotidiana de consultas. ¿Mañana te quedas en casa? ¿Los pobres pagan con tapitas? ¿Amar es más que querer mucho? ¿Falta mucho para que te mueras? ¿Qué hace el intendente? ¿Si en 1er. grado no me acuerdo cómo se dice durazno en inglés, la Seño qué me va a decir? ¿Cuándo llega mamá? Mis hijos me han lanzado éstas y otras tantas distintivas preguntas de esa infancia deseosa por conocer. Cuando les respondo, escuchan de verdad. Y miran, con esos ojos repletos de permeabilidad, mis relatos con forma de respuesta. Sólo ahí he podido percibir con intensidad aquello que Rafael Echeverría desarrolla en su libro Ontología del Lenguaje: “escuchar valida el hablar”.

Definitivamente los niños no tienen temor de escuchar. Los adultos sí. Por eso, las audiencias públicas locales son una simulación de cierre participativo del año legislativo. Porque se sabe: si escuchan de verdad, tienen que validar (“dar fuerza”) a la gente.
Más allá de las respuestas que resuelven sus inquietudes, voy aprendiendo que Juancito se fortalece en la emocionalidad que presupone cualquier diálogo saludable. Porque uno no aprende de las respuestas, sino de las relaciones con otros.
Mientras subíamos las escaleras de la centenaria Escuela Normal, me preguntó desde la energía de este 1er. Grado: ¿ya soy grande Papá?
Le iba a decir que sí, pero me acordé que en la sesión preparatoria las nuevas autoridades del Concejo Deliberante acaban de prometer diálogo con la oposición y los vecinos. Lo miré. El guardapolvo blanco me cantó la salida: “¿grande como quién?”, pregunté.
“Como la luna”, exclamó.

*Integrante de INFOPACI

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