Adolescentes en Argentina; de crímenes, suicidios e incertidumbre.
Por Iván Vieyra*
El buzo
Hace algunos años, no más de cinco, grupos de adolescentes, que estaban a punto de egresar de su secundario, eligieron una frase terrible para bordar en sus buzos, esos que se han impuesto en las escuelas de nuestro país, y que uniforman a los del último curso. Digo “grupos”, porque pude ver la misma inscripción en alumnos de la capital provincial, así como en otros del interior y también en otras provincias.
Decía; “Egresado 2005, desocupado 2006”. Estampada sobre la espalda de un chico que tendría que salir en unos meses a pelear su futuro, la frase tenía una brutalidad que paralizaba. Está claro que para unos era sólo una inscripción graciosa, una ocurrencia oportuna. Pero, para otros, resumía con crudeza los próximos pasos, la angustia que les provocaba los años venideros.
Internet
No tenía idea de dónde quedaba Rosario de la Frontera, un pequeño pueblo Salteño. Lo busqué en Internet cuando escuché la noticia de los chicos que estaban muriendo por causa de un juego de moda que practicaban, también vía Internet.
Es, por lo que pude averiguar, un pueblo igual a tantos de nuestro inmenso país. Un lugar pequeño, rutinario y aletargado, de los que parecen al margen de la historia. Posee, eso sí, aguas termales que son promocionadas como destino turístico. Creo que principalmente la gente mayor busca destinos así. Contingentes no muy estimulantes para los adolescentes.
Recordé aquella frase de los buzos, cuando supe esos pocos datos del pueblo. Imaginé que era muy posible encontrar a grupos de idénticas características, con buzos parecidos en un lugar así.
Fotos de la nieve
Distinta es la condición que identifica a Bariloche. Es un destino internacional del turismo. Una parte importante de los adolescentes de todo el país, se pasa los años del secundario soñando con el viaje de estudios que los lleva allí. Las postales que ofrecen sus lagos y sus montañas, hacen que todos los que pudimos conocerlos, volvamos convencidos de que es el paraíso invernal. Un lugar donde todo es encantador, amigable y con vecinos serviciales.
Parece, ahora se sabe, que hay dos ciudades distintas conviviendo, o mejor sinviviendo, juntas; cerros, cuatro x cuatro, boliches y ropas de nieve de por medio.
Pasó que por los mismos días en que surgió la noticia de los chicos de Rosario de la Frontera, ocurría otra tragedia en la bella Bariloche, la ciudad que es dos; una que pueden y quieren mostrarnos, y la otra, que no debe ni conviene se conozca. Porque en esa otra están los indignos, los que avergüenzan a los que miran el Lago, los hacinados para los cuales la nieve complica la vida y enfría hasta la muerte. Los sin historia más allá de los cerros.
De ese lugar oculto, que llaman el “Alto”, eran los muertos de las noticias. El primero tenía 15 años. Los que vinieron después, 16 y 29. Dos chicos, y otro muy joven, padre de familia y trabajador del LLao LLao. A tiros los mató la policía.
Días después, miles de vecinos armaron una caravana que encabezaban dos patrulleros con las luces encendidas y todos con palmas marcharon gritando: “po-li-cías, po-li-cías”, legitimando así, el atropello y el crimen. Porque los tres eran “del Alto” validaban las muertes, los de la Suiza argentina.
Las puntas de un mismo lazo
Cada una de estas historias involucra a chicos. Cada una muestra complejos problemas para los cuales, seguramente no hay respuestas genéricas. Cada una de ellas es un resultado, una consecuencia. El colapso de una fábula que no supimos entender a tiempo.
Porque cientos de chicos pasan ante nuestros ojos cada día. Pero en Bell Ville, en Rosario de la Frontera, en Bariloche o donde sea, con los angustiados, con los desorientados, con los empujados y ocultos, hacemos como que no existen. Escuchamos sólo una parte, el relato saludable de sus historias, convencidos de que difícilmente, aquellos que más nos preocupan, ingresen en las estadísticas de los que sufren. Pero un día cualquiera, los otros, estampan su grito y nos lo hacen comer. Y bajan para desacomodar el jardín de invierno. O hastiados y solos se van, porque total les parece no hay nada por lo cual valga la pena quedarse acá.
Descubro cuando releo estas últimas líneas, que para referirme a nuestros hijos y vínculos más cercanos, usé la palabra preocupan. Con ellos, es cierto, lo hacemos. Nos pre – ocupamos, es decir nos ocupamos antes de que algo les pase. Si nos faltan respuestas, activamos los canales necesarios que acercan a profesionales o, de ser necesario, al Estado Municipal, por ejemplo, para que nos aconsejen y custodien.
No es lo que pasa con tantos, que otros se pre-ocupen por ellos. Pre-ocuparnos es Estado y ciudadanía pensando juntos alternativas al hastío y la exclusión. Generar espacios de protección y cuidado con formatos que surjan de los intereses de los destinatarios, a los cuales, y para que esto ocurra, primero es necesario escuchar con sinceridad y sin prejuicios.
Pre-ocuparnos, es mucho más, que las esperpénticas luces del par de coches de la guardia ciudadana bellvillense, que recorren interminablemente lo que queda entre nuestros cuatro boulevares, remarcando una muralla invisible, pero tan poderosa como los cerros barilochenses, una especie de zona de exclusión que tranquiliza a los de siempre.
Pre-ocuparse por temas de infancia y juventud, es decir de futuro, no es la búsqueda que realizan los medios hegemónicos. Prefieren, por el contrario, calentar la pantalla con títulos catástrofe, aún cuando saben, que en los casos de suicidio, debieran ser extremadamente cuidadosos, ya que esta decisión extrema, puede ser contagiosa entre los adolescentes. Cuidar no vende.
Pre-ocuparnos, en serio, implicaría, entre otras cosas, aceptar definir nuestro rostro, nuestra individualidad de entre “la gente”, un término vacío, práctico y descarnado, una entelequia de las últimas décadas, que sirve para no responder los cargos que nos caben como comunidad en circunstancias como estas.
Claro que disiparnos en una multitud anónima, nos suma tiempo y resta problemas, para gastar el resultado de esa ecuación mezquina, en nosotros, individuos sin sociedad.
*Docente e Integrante de INFOPACI
